El limón
Crecer como un mexicano, mexicano, de los que nacimos y crecimos en la Ciudad de México, en la clase media baja, era crecer con un limón a la mano. Una de las principales armas de nuestras madres.
Tal vez una de las frutas más menospreciadas de México, y eso que nos sacaba de casi cualquier apuro. Llegabas a casa y el arroz no sabía a mucho… unas gotitas de limón. Un pepino, su limón. Te sentabas a comer y ahí estaba la sopa de fideos, esperando lo suyo. Hasta la papaya llevaba limón, y si todavía estabas medio chamaco, pues también su miel.
Pero la cosa no terminaba en la mesa. Te levantabas con un almohadazo mundialista, un gallo que no se aplacaba con nada… y ya venía tu mamá corriendo a ponerte unas gotitas de limón en el pelo antes de mandarte a la escuela. Entrabas a la pubertad y te empezaba a chillar la ardilla. Antes de que llegara tu primer desodorante, ya te habían embarrado medio limón en el sope.
Aquí en Alemania la historia es otra. Para cada problema hay un producto específico, incluso para ese problema que todavía no sabes que tienes. Los estantes de las droguerías son infinitos. Uno necesita un mapa para encontrar un desodorante adecuado a su edad, género y estado de ánimo.
Y luego están los polvos para la comida. Hay un condimento especializado para aguacate. A mí ni me gusta el aguacate, pero ese polvo definitivamente no lo quiero probar. También hay condimento para papas fritas «a la mexicana». Yo no sabía que teníamos unas papas fritas diferentes… seguramente me fui antes de que las inventaran para el social media.
Polvos mágicos, unos para el sobaco y otros para las papas. A lo mejor alguno sirve. Para vaciar la cuenta del banco parecen funcionar todos. Pues el tema del shampoo seco se merece un post propio.
El problema es que aquí tampoco puedes refugiarte tan fácilmente en el limón. Cuatro piezas, 1,20 €. Un descaro. Y la mayoría de esos limones horribles, secos, que mi abuela les hubiera aventado a los perros para sacarlos del patio.
Dicen que la necesidad es la madre de la creatividad. La pobreza ha de ser la abuela.